CUANDO LA HISTORIA NO SE PUEDE ESCRIBIR CON LA PLUMA

  • Farabundo Martí y el levantamiento campesino en El Salvador |

Las puertas de la celda se abrieron y Farabundo Martí observó a sus dos compañeros. Luna y Zapata le devolvieron la mirada y avanzaron escoltados. Había llegado el día. En la penitenciaría, los revolucionarios serían juzgados por un tribunal militar. La sala se encontraba repleta de oficiales ansiosos por ver el final de la historia. De un momento al otro, el silencio se interrumpió y un fiscal pidió, en nombre de la sociedad, que los procesados fueran condenados a muerte. Para ese entonces, Martí todavía no había dicho palabra. Quedaban cuatro horas por delante.

Once días atrás, la noche del 19 de enero de 1932, las fuerzas de la dictadura rodeaban una casa del barrio San Miguelito. Finalmente, habían dado con el escondite en el que Martí se encontraba junto a sus compañeros. Allí, encontraron armas y proclamas para una insurrección popular. Sin demora, el dictador Hernández Martínez decretó un estado de sitio, movilizó tropas y censuró a la prensa. Advirtió sobre los peligros «rojos» que exigían un «mayor salario y mejores condiciones de vida». Aun así, pese a las alarmas, todo parecía estar controlado en El Salvador. Sin embargo, tres días después, algo cambió.

Por la noche, miles de familias campesinas armadas solamente con machetes y elementos de labranza salieron a las calles. Se movilizaban avanzando sobre haciendas de terratenientes, tomando cuarteles y controlando algunas poblaciones. Pese a la encarnizada lucha de los primeros días, la falta de organización y la desigualdad armamentística desencadenaron un trágico fin. Una vez aplacada la insurrección, la dictadura comenzó su cacería. Las calles se fueron llenando de pilas de cadáveres, y quienes vestían ropas indígenas o tenían rasgos distintos a los de la gente de la ciudad eran automáticamente culpados de subversión. Pueblos enteros fueron quemados por las fuerzas militares y los fusilamientos masivos pasaron a ser moneda corriente. Si bien nunca se dieron datos, se estima que cerca de 30.000 personas fueron asesinadas.

Cuando Martí habló a la corte, fue solo para decir que ese proceso era de una clase contra otra. Nada más. No quiso defenderse ni pedir clemencia. Cargó con las responsabilidades del levantamiento y resaltó la total inocencia de sus compañeros. A las horas, el consejo de guerra terminó de simular un debate que nadie creyó y volvió a la sala. La obvia sentencia alegró a los presentes: condena de muerte. Días después, un sacerdote se presentaría ante Martí para escuchar sus pecados. Pero el revolucionario dijo no tener qué confesar. A cambio, pediría su opinión sobre el etnocidio que se llevaba a cabo. No se conoce que haya recibido respuesta alguna. Instantes después, un grupo de militares levantaba sus armas y se preparaba para disparar.