LA ESPUMA DEL MAR | Medio siglo de militancia femenina en la Argentina

Por Paula Kearney |

Eran muchas las que formaban parte de las nuevas olas y, en medio del oleaje, casi sin saberlo, desde la praxis cotidiana, ejercían ese poder que traían anclado al saber del fondo del océano. El saber profundo de la soberanía de los propios cuerpos. Eran esas corrientes profundas, las de las brujas y las putas, las que movían las moléculas de agua que formaban las olas. Pasando rompientes, las locas y subversivas formaban olas con hermosa espuma blanca, de la que nunca, o rara vez, eran parte. Hoy, son todas parte de la marea.

Como para muestra basta un botón, o una gota de agua de mar, por qué no, a continuación, el testimonio de una militante de cada uno de los partidos políticos más representativos de la izquierda argentina en la década del 70. Su vínculo con el feminismo entonces, y ahora.

«Yo personalmente no milité nunca en el feminismo», comienza Mirta Sgro, quien por entonces integraba el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), y sin embargo considera que «ninguna mujer puede decir que no es feminista, porque todo le atañe». De cualquier manera, aclara que ella no se lo puede «atribuir» porque nunca hizo nada dentro del feminismo «más que apoyar cualquier iniciativa que venga de este lado».

Sgro se identifica como una militante «en general en las luchas sociales que contribuyen a disminuir el dolor que este sistema expande y, entonces, en ese sentido -apunta- nunca me he sentido exclusivamente atraída por eso». Aunque sí reivindica «estas características que tiene el movimiento (feminista), claramente anticapitalistas y antipatriarcales», por lo que se siente convocada «como militante de toda la vida», aunque, reconoce, casi como una pregunta en voz alta: «Tal vez no se entienda que, si por generación o por qué, nunca estuve militando en el feminismo específicamente».

Primer 8 de marzo después de la dictadura militar.

En cambio, la historiadora y feminista Graciela Tejero Coni, quien dirige el Museo de la Mujer de la ciudad de Buenos Aires y militó durante cuarenta años en el Partido Comunista Revolucionario (PCR), cuenta que en 1970 tenía diecisiete años y que, en el marco de las rupturas del Partido Comunista (PC), tanto a nivel nacional como internacional, «nacían partidos revolucionarios, algunos maoístas, y muchas mujeres, particularmente en Europa luego del Mayo francés, abandonaban sus filas y se sumaban a la lucha feminista radical apartidaria».

En este aspecto, explica: «La lucha de líneas entre quienes opinan que “la liberación de las mujeres es una cuestión burguesa” y quienes entendemos que la opresión de las mujeres es funcional a todos los sistemas de explotación y opresión estuvo presente desde principios del siglo XX en los partidos socialistas, luego en el bolchevismo y sigue al día de hoy bajo nuevas formas. Desde ya, ese debate estuvo en el PCR y siguió estando durante los cuarenta años que milité en él y, si bien hace ocho que no participo orgánicamente, imagino que continuará como reflejo del debate en la sociedad».

Sobre el mismo debate, pero en la organización Montoneros, la militante justicialista Susana Sanz remarca: «Peleábamos y discutíamos con algunos compañeros que, en algunos temas, no estábamos de acuerdo con que cuando se diera un proceso de liberación, por añadidura, se iba a dar un proceso de liberación de las mujeres». Así, poniendo la discusión en el contexto del día a día, dice: «La práctica nuestra llevó, inexorablemente, a que tuviéramos, sin por ahí tenerlo en claro, una postura de militancia feminista, en el sentido de que peleábamos en el sentido claro de una autonomía de las mujeres. En esta práctica social que llevábamos -a la cual, si le unías los principios que se hablaban del socialismo, de la construcción de una sociedad nueva, distinta- naturalmente te surgían una serie de cuestionamientos que las mujeres veíamos que estaban un poco desfasados de esa realidad».

Plaza del Congreso, 8 de marzo de 1985.

Siguiendo la línea de la vida cotidiana, Tejero Coni relata: «Las militantes de los 70, particularmente las más jóvenes y también las que éramos más rebeldes, aun sin la ayuda consciente de la teoría marxista del carácter dual, natural y social, de las relaciones de reproducción y producción, ni la teoría de género, confrontábamos con nuestros compañeros partidarios y de vida, con nuestras propias parejas por la desigual práctica cotidiana para conciliar militancia, trabajo, estudio y cuidado de los hijos». A lo que Sgro agrega que «el peso estaba más en que los compañeros comprendieran que teníamos que ser, en ese sentido, también personas nuevas, personas que fuéramos coherentes». «Ni hablar de nuestra sexualidad -remata Tejero Coni-. Eran batallas porque nuestras necesidades fueran reconocidas, sin argumentos jerárquicos tan utilizados en aquella época, donde las actividades de ellos siempre eran más “importantes” que las nuestras».

Por otra parte, continúa Sanz, dentro de la organización «siempre se pretendía que estaba todo integrado en una situación donde las mujeres tenían un lugar equivalente a los varones. Lo que pasa es que, en la práctica, por una serie de antecedentes, o de historia, o de la historia de las compañeras, los lugares que se ocupaban estaban más rezagados en cuanto esquemas de conducción».

Esta característica, que se repite y se justifica en el clima de época, sin embargo -y como el resto de las situaciones hasta aquí relatadas-, continúa al día de hoy. Y, así y todo, fue muy liberador para muchas mujeres el hecho de empezar a ocupar algunos espacios de trabajo y militancia, como cuenta Sgro cuando dice que, «particularmente, no sentía ninguna diferencia ni ninguna cuestión de género dentro de la organización o, por lo menos, que tuviera un peso» e, incluso, apunta que su experiencia en el PRT «quizás fue la mayor oportunidad» en cuanto a sentirse «como mujer en condiciones de igualdad dentro de la organización», aunque hoy reconoce que «estaba subrepresentada la mujer en los organismos de dirección del partido, por ejemplo, en el Buró, donde nunca hubo una compañera», y aclara que «sí la hubo en el Comité Central y, seguramente, podría haber habido muchas más». «En eso sí -remata- ante iguales condiciones, probablemente, elegían a un compañero para determinadas cosas».

Paralelamente, ajenas a los partidos y a las luchas de clase, en 1970, en Buenos Aires, un grupo de mujeres se autoconvocaban para crear la Unión Feminista Argentina (UFA). Un espacio en el que ponían en común sus problemáticas específicas como mujeres e intercambiaban material de lectura en torno a los primeros estudios de género, que llegaban mayormente de Europa y los Estados Unidos. Como corrientes submarinas, en los primeros años de la década del 70, aparecían, se fusionaban, se dividían y se reinventaban el Movimiento de Liberación Femenina (MLF), la Asociación de Mujeres Socialista (AMS), el Movimiento de Liberación de la Mujer (MLM), la Agrupación para la Liberación de la Mujer Argentina (ALMA), el Movimiento Feminista Popular (MOFEP) y el Frente de Lucha para la Mujer, que nucleaban a mujeres que provenían de diferentes ámbitos y partidos políticos y que ya articulaban también con organizaciones como el Frente de Liberación Homosexual (FLH).

Pero el golpe de Estado cívico, eclasiástico y militar de 1976 dejó a las «organizaciones de mujeres y feministas, con vínculos partidarios o no, freezadas», recuerda la directora y fundadora del Museo de la Mujer, y destaca que «el auge de participación de mujeres fuera del espacio privado se reflejó en el movimiento de Madres de Plaza de Mayo y su lucha antidictatorial (…), que fue un gran estímulo para la organización del movimiento de mujeres».

Tras el retorno a la democracia, para el 8 de marzo de 1984, se conforma la Multisectorial de la Mujer, que reúne a mujeres de los más variados sectores sociales y políticos, que realiza «el primer acto público y callejero del Día Internacional de la Mujer en la plaza de los Dos Congresos», recuerda Tejero Coni, y destaca la importancia de la presencia de las Madres en ese momento, llevando a la legislatura los siete puntos acordados:

«La ratificación del convenio de Naciones Unidas sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer; la igualdad de los hijos ante la ley; la modificación de la patria potestad; el cumplimiento de la ley de equidad salarial por igual trabajo; la reglamentación de guarderías infantiles; la modificación de la ley de jubilación para el ama de casa; y la creación de una Secretaría de Estado de la Mujer» («Pioneras. La constitución del movimiento feminista en Rosario», Revista Zona Franca, N.o 25, 2017, pág. 41, nota al pie N.o 8).

Plaza del Congreso, 8 de marzo de 1985.

Aquella jornada, además de estar signada por estos siete puntos, llevó a la plaza de los Dos Congresos otros reclamos: en las pancartas que se levantaban ese día se ve claramente que las demandas iban también en torno a la legalización del aborto, el divorcio y la equidad en la distribución de las tareas del hogar. En este sentido, quizás la pancarta más famosa de aquel día fue la que levantaba María Elena Oddone, quien había fundado el MLF, y que decía No a la maternidad. Sí al placer.

El problema, dice Sanz, es que «nunca fueron tomadas sus propuestas como puntos estratégicos dentro de los partidos». Aunque Tejero Coni resalta que «el PCR, por ejemplo, tuvo el derecho al aborto en su programa partidario desde su fundación en 1968», Sanz insiste en que los partidos, en general, «te toman algunos temas» y hablan de «la situación de la mujer«, pero, «incluso hasta el momento, ningún partido está tomando la agenda feminista como propia».

De acuerdo con esto, habla de la importancia de «llevar adelante propuestas y programas para que sean asumidos por el conjunto de la militancia», porque «ahora no queda muy bien ser machista, pero no es tomado dentro de los partidos como una bandera programática a cumplir y a pelear por el conjunto». De allí que marque la necesidad de «que las compañeras de todos los partidos peleen dentro de las propias estructuras para hacer que el conjunto asuma esto».

Plaza del Congreso, 8 de marzo de 1985.

Sobre esta discusión, Sgro recuerda que, en el PRT, «en el 74 o 75 comenzó a armarse un Frente de Mujeres, que tenía una representante a nivel nacional y que llegaron las directivas para trabajar con la mujer, por ejemplo, en las huelgas, donde ya se formaban grupos específicos de mujeres que trabajaban para eso, pero no específicamente con una línea como dentro del feminismo».

Respecto al PCR, Tejero Coni evoca el III Congreso partidario, en 1973, donde «el debate fue explícito y se acordó formar una comisión de compañeras que se dedicarían a trabajar por las reivindicaciones “específicas” de las mujeres, lo que fue un gran avance, pero no clausuró el debate que seguirá por varios siglos hasta derrotar definitivamente la explotación de clases y las relaciones de poder patriarcal».

Y en esta misma línea fue que Sanz armó con otras compañeras la Agrupación Evita, como un área de trabajo específico de y sobre las mujeres dentro de Montoneros, que tampoco se sostuvo en el tiempo.

Ante estas experiencias es que hoy estas tres militantes reivindican la marea violeta como el producto de una «acumulación de fuerzas» que «estaba latente socialmente y de repente ha irrumpido públicamente y de manera contundente», e «impulsa para adelante la historia de la revolución de las mujeres como parte de la gran revolución social», que, al estar «llevada adelante por jóvenes, tiene una perspectiva enorme, y eso es lo que le ha dado esa fuerza impresionante que tiene y que puede dar pistas de formas nuevas de lucha y de unidad».

Ya desmenuzando un poco las características actuales del movimiento, Sanz destaca que «es importante todas las nuevas generaciones que se han sumado, tengas o no claro exactamente todos los puntos de lo que se reclama, porque esto ha surgido también de una práctica, de una demanda más que de una teoría. Eso es lo que hace que, cuando se sale a reclamar en torno a una temática, como por ejemplo el aborto, no estás reclamando solamente el derecho al aborto, sino que estás reclamando el derecho a que tengas capacidad de ser autónoma y poder decidir en tu vida qué querés para vos. Y, a partir de esto que es el aborto, salen un montón de líneas que superan la problemática concreta del aborto».

Un poco a continuación, sobre la misma idea, Sgro acota que «lo que levanta (el movimiento feminista) está en la esencia misma de la vida. Lo que se está levantando no es solamente un reconocimiento de género, sino que va más allá en cuanto a un cambio cultural respecto de la igualdad de todas las personas y de la defensa de la vida en primer lugar».

Para cerrar, Tejero Coni recapitula y explica que, «entre los primeros debates iniciados teóricamente por el socialismo científico (marxismo) en el siglo XIX, reavivados durante la Revolución rusa y luego en la década del 60-70 y más tarde los fructíferos, teóricamente, años 80-90 y hoy, media la acumulación de experiencias, conocimiento traducido en conciencia y fuerza organizada de las mujeres, por lo que el debate se encuentra en un plano superior de su resolución». A lo que Sgro agrega que «el movimiento feminista hoy es quizás lo más interesante y lo más importante a nivel social en sus logros. Es un fenómeno en el que hay que poner mucho el ojo, porque tiene un montón de enseñanzas, porque tiene características de luchas nuevas, diferentes, atraviesa a los partidos en primer lugar, porque ningún frente, por lo menos que yo haya tenido noticias -aclara- ha tenido el éxito que ha tenido el feminismo en cuanto a reunir el más variado abanico social, cultural, político y económico».

Así las cosas, cada 8 y 24 de marzo, estas gotas de agua salada inundan, una vez más, unidas, las calles y plazas del país.